Papífero en la clase de las mamíferas

-Es que somos mamíferos, pues.

El decreto de la profesora prendió todas mis alarmas. Venía la exclusión. ¿Qué respuestas buscaba yo en la clase de lactancia? No sé. Estar informado. Saber qué puedo hacer y qué no para participar de los primeros días de Lorenza y disfrutarlo más. Estar enterado de los procesos por los que pasarán las dos mujeres de mi vida mientras se conocen más. Quizás sentirme un poquito menos intimidado por una de las pocas cosas que como verdadera barrera biológica me alejará ineludiblemente de Lorenza al principio. Me llevé un mensaje quizás no tan inesperado. No me quieren allí. Me lo comunicaron en un segundo. La resistencia es absoluta. La madre empoderada que sabe lo que hace premunida del instinto natural es la dueña del rol y no lo quiere compartir. Al Club Nacional la mujer entra solo con un hombre, en silencio y a algunas áreas. Al club de la lactancia, el hombre entra igual. Con una mujer, en silencio y a las áreas donde ellas dicen.

Entonces, allí estaba yo, uno de cuatro hombres de un grupo de más de 28 participantes, feliz de usar dos horas de mi sábado para aprender. Desde el inicio, las referencias a solo las mamás eran obvias. En el camino, las menciones endiosantes a “lo natural” (parto natural versus parto vaginal) ya me hacían presagiar que estaba en el lugar equivocado. Luego, las mil cosas que una madre puede hacer mal para las que tiene “una sola oportunidad de hacer bien en la vida del bebé” reforzaban los sentimientos de culpa para Andrea que, ahora ya sé, son el pan de cada día de la maternidad y lo que cimienta el status en la jerarquía de cada una en el club de mamíferas. De ahí vinieron los refuerzos más hardcore. “El sueño que tienen las mamás de que papá se levantará a dar biberones en la noche es imposible y causa de peleas. Pensar que el papá se va a levantar, calentar el biberón, darlo y hacer dormir al bebé sin despertar a la mamá es un imposible y es ineficiente.” Un rato más tarde, me recordaron que emocionalmente los hombres no podríamos dar a luz ni hacer nada de lo que las mujeres hacen en la maternidad. Ojo no es porque no tengamos los órganos adecuados es porque nuestra construcción emocional no está apta. Finalmente, me advirtieron que no me sienta mal si es que Andrea tuviera problemas en la lactancia y mi voz repitiendo los contenidos del curso, palabra por palabra, no fuera escuchada porque no tengo tetas, que espere que venga alguien con tetas a decir lo mismo que yo.

Lo peor es que de verdad sentí que era la clase de lactancia más progre del mercado. Así que si en esta, claramente, yo no era bienvenido, entonces en el Perú al menos, no lo soy en ninguna. Terminó la clase y le comenté a Andrea que me apenaba que lo mucho que aprendí se hizo tan horrible de digerir por el enfoque tan inconscientemente cagón hacia mi rol en la paternidad. Entendí bien el mensaje: sabes por qué no hay papás acá, porque no los queremos acá. Mejor hacer el rol del papá arquetípico, el papá naturalmente desentendido porque “demora en conectar”.

Menos mal hoy hay un movimiento tan grande por cambiar los roles de género que no permitirá que las mujeres puedan escaparse de enfrentar las pocas veces en las que las opresoras son ellas. Las mujeres conscientemente o no, se quieren quejar que los hombres no estamos presentes, quieren sufrir su maternidad solas, quieren sentirse únicas y especiales con sus barrigas y tetas para controlarlo todo. Quieren, a lo mucho, un esposo ayudante, un Robin para ellas ser Batman, que hace un poquito, del que siempre se pueden quejar, frente al que siempre pueden usar la tarjeta de la maternidad. No quieren un socio. Lo peor de todo es que son INCAPACES de ver que es lo mismo que sufren en el mundo laboral. Es increíble la ceguera. En el embarazo y, por lo que puedo ver hasta ahora, durante la lactancia, los hombres tenemos roles limitados, no tenemos poder, nos recuerdan día a día del sistema opresivo con señales, con lenguaje, con micro agresiones, nos dicen que no hay hombres interesados, que no es nuestra naturaleza, nos excluyen y todos nos quejamos de la estadística y del machismo. ¡Qué cagada!

Por ahí al hablarlo me preguntaron, ¿pero no entiendo para qué siendo hombre te metes a esa clase? ¿Qué rol quieres tener en la lactancia? No sé qué rol quiero tener en la lactancia. No soy idiota, obviamente el de dar de lactar no. Pero quiero tener un rol. Quiero elegir mi rol yo y no que lo haga Andrea o una cofradía de mamíferas o una sociedad que santifica el rol de la madre sufrida excusando su falta de empatía, tristemente, en el machismo. Andrea, menos mal, me entendió rápido, aunque no de inmediato, e igual le costó un poquito ponerse en mis zapatos.

-Yo pregunté si los esposos se podían conectar y me dijeron que sí.

Esa fue su primera respuesta.

-Yo también pregunté si las mujeres podían estar en el directorio y me dijeron que sí.

Fue lo que pensé al toque. Igual casi no hay hombres en clases de lactancia ni mujeres en directorios.

Nunca pensé que ser sujeto de mi propia paternidad sería por momentos una lucha contra el sistema, pero ayer sí que lo fue y parece que así seguirá por un tiempo. A luchar porque en el mundo de Lorenza ella pueda ser lo que quiera. Incluso madre que acepte con total naturalidad las incursiones de su pareja en la maternidad, como desde hoy ya intenta hacerlo conmigo, con tanto amor, su mamá así el mundo no lo quiera.

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