Lorenza TV

Será porque soy contreras o qué sé yo, pero en esta semana que nos recuerda con dolor, miedo y ansiedad las peores semanas de marzo y abril del 2020, yo estuve lleno de esperanza. No de la que viene de las noticias, esa es inexistente. Sino de la que viene de otras novedades. Siempre me dieron rabia las personas que se concentraron en “todo lo bueno” que nos deja la pandemia. Me desesperan. Desde el día uno. Me dan ganas de vomitar y de devolverlos a las clases de mindfullness en las que viven. Sin embargo, solo por esta semana, me encontré con una de esas cosas. Así que un break para mis amigos “agradecidos” por el peor año del último siglo.

Resulta que otra de las cosas por las que “podemos estar agradecidos” debido a la pandemia es que en muchas clínicas, las citas son personalísimas. Así que el paciente va solo. Y como seguimos en una sociedad donde los hombres “no se embarazan”, entonces no podemos entrar a las citas ni ver ecografías, ni ser partícipes de nuestros embarazos. Ya renegué sobre esto lo suficiente.

Pero lo que muchos hemos hecho, en su lugar, sí me ha traído algo para agradecer (🤮). Resulta que, desde la primera cita, yo veo mis controles prenatales por Zoom, desde la tranquilidad de mi casa. Me siento en mi sala, conecto mi PC a mi tele de 60 pulgadas, y sigo la cita. Comencé a hacerlo así en agosto, la primerita. Una vez al mes, salvo una a la que me dejaron ir, seguí por Zoom. Y desde la primera se me ocurrió grabarlo todo.

Entonces, tengo grabados los controles prenatales de Lorenza. Todos. Tengo un ratito de cada vez que se le ve en un ultrasonido. Es más, como la tengo por zoom, el gran director de cámaras, hace los cambios de enfocarme a ella y a mí en el momento perfecto. Como cuando escuché el latido de su corazón por primera vez en la semana nueve (la semana siguiente a la que no lo sentí más cuando tuvimos la pérdida) y mi reacción de alivio, quedó grabada para la eternidad.

O poco más tarde cuando vi su cara de alien (sorry amor para cuando leas esto, de verdad los fetos parecen aliens buena parte del embarazo- pero tú eras un alien hermoso y con onda) por primera vez y sus manos de ET cerca de su cara mientras se apoyaba en el útero de Andrea.

O el bostezo más lindo del mundo que tengo guardado en vivo. El primero que le vi.

Tengo todo eso guardado. En mi compu. Las imágenes y nuestras reacciones y voces. Tengo más Gigabytes de información sobre Lorenza 2 meses antes de su nacimiento de lo que mi mamá tenía en mi “álbum” de bebe a los 5 años. Y mi mamá tenía bastante, ah. Todo esto, gracias (sí, dije gracias) a la pandemia. Lorenza a los 50 podrá verse antes de nacer. Y podrá ver nuestras reacciones y felicidad al saber de ella y de la ilusión que nos generó con cada actuación in utero. Me parece locaso.

Entonces, en una semana desprovista de toda esperanza, esta semana de mierda, me he ampayado viendo y volviendo a ver estos videos. Una y otra vez. Acompañados de música (My Girl de The Temptations). Escuchando a Andrea y su felicidad y emoción en cada cita. Viendo mis reacciones de alivio y asombro. Conteniendo las lágrimas cada vez.

Sin duda, me habría encantado estar ahí. Pero estos recuerdos son un increíble premio consuelo que además, lo más probable, es que niños y niñas nacidas en otros años no tendrán (yo al menos, estaré en las citas). Me pareció demasiado cool comenzar a revolotearme en esa felicidad esta semana. Aunque quizás es solo la emoción de sentirlo ya todo tan cerca.

Lo que callamos los varones

No fue hasta que me miré a los ojos a través del espejo en que realmente lo vi. Esa persona que era -que es- yo estaba mirando su barriga trabajada, redonda, grande y con parada de embarazada. Con las dos manos, hacía círculos como los hace Andrea y sonreía satisfecho. Fingiendo que era mi barriga de embarazo (para los que hasta ahora no entienden). Recién en ese momento me di cuenta que todo el silencioso trabajo de las últimas semanas, mejor dicho meses, había dado frutos sin que siquiera yo haya tenido conciencia de que algo en mi había elegido tener una barriga de embarazado.

La pandemia obviamente la logró disimular. ¿Quién no ahogó su ansiedad en helado o la taponeó con brownies? ¿Quién no pospuso, colapsado por el desgano, sus workouts planeados? Y a eso lo achaqué: la pandemia me engordó. Ahora veo que era una mentira. Por más que desde que escribo este blog -incluso antes- algo ya daba señales de que quería vivir mucho más de este embarazo de lo que mi sexo permitía. 

Pero nunca imaginé que llegaríamos hasta aquí. Que llegaría hasta aquí. Hasta que me reconocí, en el espejo, mirando mi barriga como embarazada feliz. Que quede claro, concientemente eso sí no quiero. No quiero una barriga de embarazada. Mi rutina volvió a los 7 días de verme. Volvió la mesura (un poco) y el ejercicio. Aunque no dejaré de aceptar que esos siete días entre que me di cuenta y que volví a mi rutina y orden, mientras comía sabiendo que alimentaba mi barriga, solo esos siete díitas de conciencia sin rutina, me di permiso para despedirme de mi barriga y me la froté mucho. 

Ni bien me despedí dije basta, quiero vivir más de esto del embarazo, pero no así. No necesito hacerme una pseudo- barriga de embarazada para sentir esto. Además, faltan 2 meses, Lorenza está casi aquí y ya habrá muchísimo por sentir. De ahí pense en Carlos el portero y sus antojos. Y en todas las amigas que me contaron que sus esposos se habian engordado o vomitaban durante sus embarazos. Me di cuenta que no estaba solo y que tocaba revelar secretos.  Resulta que muchos vivimos nuestros embarazos inconscientemente eligiendo imitar síntomas, el principal de los cuales es hacernos una barriga. Ojo, ni somos concientes de ello, solo sucede, como que fuéramos el pasajero en el auto en que se toman esas decisiones. Y no es mentira, como este post (https://www.healthline.com/health/pregnancy/couvade-syndrome#symptoms) hay miles y de fuente seria. Esto, que siempre le ha pasado a un amigo de un amigo se llama couvade. Bueno, también me pasó -y así de extremo- a mí y a muchos más de los que lo quieren aceptar y compartir.

Lo lindo es que es una expresión de lo que queremos y no podemos hacer con nuestros cuerpos. Es perfectamente normal, aunque físicamente no tan saludable. Es una manifestación física de ser un papífero, un hombre que muy, muy adentro también quiere (y no puede) ser mamá. Hoy, que ya me ampayé, que ya me vi consciente, habiendo esculpido -a punta de comida y flojera- una panza de embarazado, ya puedo parar. Pero qué gracioso me pareció encontrarme conmigo así. O sea, loco, y aterrador (al inicio, al menos) pero sobre todo, tierno. Me di mucha ternura. En fin, ya viene Lorenza y con su llegada el fin de esta etapa y el inicio de muchas otras. Pero mientras tanto, muy loco esto del embarazo.

Papífero en la clase de las mamíferas

-Es que somos mamíferos, pues.

El decreto de la profesora prendió todas mis alarmas. Venía la exclusión. ¿Qué respuestas buscaba yo en la clase de lactancia? No sé. Estar informado. Saber qué puedo hacer y qué no para participar de los primeros días de Lorenza y disfrutarlo más. Estar enterado de los procesos por los que pasarán las dos mujeres de mi vida mientras se conocen más. Quizás sentirme un poquito menos intimidado por una de las pocas cosas que como verdadera barrera biológica me alejará ineludiblemente de Lorenza al principio. Me llevé un mensaje quizás no tan inesperado. No me quieren allí. Me lo comunicaron en un segundo. La resistencia es absoluta. La madre empoderada que sabe lo que hace premunida del instinto natural es la dueña del rol y no lo quiere compartir. Al Club Nacional la mujer entra solo con un hombre, en silencio y a algunas áreas. Al club de la lactancia, el hombre entra igual. Con una mujer, en silencio y a las áreas donde ellas dicen.

Entonces, allí estaba yo, uno de cuatro hombres de un grupo de más de 28 participantes, feliz de usar dos horas de mi sábado para aprender. Desde el inicio, las referencias a solo las mamás eran obvias. En el camino, las menciones endiosantes a “lo natural” (parto natural versus parto vaginal) ya me hacían presagiar que estaba en el lugar equivocado. Luego, las mil cosas que una madre puede hacer mal para las que tiene “una sola oportunidad de hacer bien en la vida del bebé” reforzaban los sentimientos de culpa para Andrea que, ahora ya sé, son el pan de cada día de la maternidad y lo que cimienta el status en la jerarquía de cada una en el club de mamíferas. De ahí vinieron los refuerzos más hardcore. “El sueño que tienen las mamás de que papá se levantará a dar biberones en la noche es imposible y causa de peleas. Pensar que el papá se va a levantar, calentar el biberón, darlo y hacer dormir al bebé sin despertar a la mamá es un imposible y es ineficiente.” Un rato más tarde, me recordaron que emocionalmente los hombres no podríamos dar a luz ni hacer nada de lo que las mujeres hacen en la maternidad. Ojo no es porque no tengamos los órganos adecuados es porque nuestra construcción emocional no está apta. Finalmente, me advirtieron que no me sienta mal si es que Andrea tuviera problemas en la lactancia y mi voz repitiendo los contenidos del curso, palabra por palabra, no fuera escuchada porque no tengo tetas, que espere que venga alguien con tetas a decir lo mismo que yo.

Lo peor es que de verdad sentí que era la clase de lactancia más progre del mercado. Así que si en esta, claramente, yo no era bienvenido, entonces en el Perú al menos, no lo soy en ninguna. Terminó la clase y le comenté a Andrea que me apenaba que lo mucho que aprendí se hizo tan horrible de digerir por el enfoque tan inconscientemente cagón hacia mi rol en la paternidad. Entendí bien el mensaje: sabes por qué no hay papás acá, porque no los queremos acá. Mejor hacer el rol del papá arquetípico, el papá naturalmente desentendido porque “demora en conectar”.

Menos mal hoy hay un movimiento tan grande por cambiar los roles de género que no permitirá que las mujeres puedan escaparse de enfrentar las pocas veces en las que las opresoras son ellas. Las mujeres conscientemente o no, se quieren quejar que los hombres no estamos presentes, quieren sufrir su maternidad solas, quieren sentirse únicas y especiales con sus barrigas y tetas para controlarlo todo. Quieren, a lo mucho, un esposo ayudante, un Robin para ellas ser Batman, que hace un poquito, del que siempre se pueden quejar, frente al que siempre pueden usar la tarjeta de la maternidad. No quieren un socio. Lo peor de todo es que son INCAPACES de ver que es lo mismo que sufren en el mundo laboral. Es increíble la ceguera. En el embarazo y, por lo que puedo ver hasta ahora, durante la lactancia, los hombres tenemos roles limitados, no tenemos poder, nos recuerdan día a día del sistema opresivo con señales, con lenguaje, con micro agresiones, nos dicen que no hay hombres interesados, que no es nuestra naturaleza, nos excluyen y todos nos quejamos de la estadística y del machismo. ¡Qué cagada!

Por ahí al hablarlo me preguntaron, ¿pero no entiendo para qué siendo hombre te metes a esa clase? ¿Qué rol quieres tener en la lactancia? No sé qué rol quiero tener en la lactancia. No soy idiota, obviamente el de dar de lactar no. Pero quiero tener un rol. Quiero elegir mi rol yo y no que lo haga Andrea o una cofradía de mamíferas o una sociedad que santifica el rol de la madre sufrida excusando su falta de empatía, tristemente, en el machismo. Andrea, menos mal, me entendió rápido, aunque no de inmediato, e igual le costó un poquito ponerse en mis zapatos.

-Yo pregunté si los esposos se podían conectar y me dijeron que sí.

Esa fue su primera respuesta.

-Yo también pregunté si las mujeres podían estar en el directorio y me dijeron que sí.

Fue lo que pensé al toque. Igual casi no hay hombres en clases de lactancia ni mujeres en directorios.

Nunca pensé que ser sujeto de mi propia paternidad sería por momentos una lucha contra el sistema, pero ayer sí que lo fue y parece que así seguirá por un tiempo. A luchar porque en el mundo de Lorenza ella pueda ser lo que quiera. Incluso madre que acepte con total naturalidad las incursiones de su pareja en la maternidad, como desde hoy ya intenta hacerlo conmigo, con tanto amor, su mamá así el mundo no lo quiera.

Shit’s getting real

Esta noche pasaron cosas muy interesantes.

Soñé con que Andrea y yo vivíamos en la casa de mis papás en San Borja. Donde crecí. No vivíamos en su casa, vivíamos en su cuarto. Ellos no estaban. Estábamos nosotros. En el sueño, Andrea me despertaba y me decía que sentía que ya estaba dando a luz. Yo tenía perfecta conciencia de que estábamos en la semana 26. Así que algo andaba mal. Me paraba de la cama y entraba al largo walking closet para “preparar las cosas” (todavía no sé qué cosas pero sonaba súper adulto) mientras Andrea se alistaba para salir a la clínica. Yo me acercaba a un cajón donde mi papá (y asumo que el Michel del sueño) guardaba documentos importantes. No sé qué documentos importantes se necesitan para ir a la clínica pero todo era muy urgente, importante y de máxima seriedad. El sueño terminaba cuando Andrea me confirmaba que estaba lista y yo le decía con calma pero con preocupación, que algo andaba mal y que no era normal que este dando a luz tan temprano, sabiendo que la ponía nerviosa pero sabiendo que la ponía aun mas nerviosa si le mentía en su cara y actuaba como si todo anduviera ok.

Luego desperté. La vi durmiendo a mi costado. Acá en Miraflores, donde duermen también nuestro perros y donde el cuarto de Lorenza aun vacío y sin cuna está ya pintado de verde agua hipster con un clóset lleno de cosas de bebe pero sin bebe y me tranquilicé. La abracé y volví a dormir.

En la mañana, seguíamos medio en cucharita. Me sentí tentado de aprovechar que Andrea aun dormía para poner mis manos sobre su barriga y tratar de sentir a Lorenza. Un poco que la intimidad de estar los dos solos, solo Lorenza y yo, sin miradas que estén pendientes de mi reacción me impulsaba. Así estuve, con las manos en su barriga mientras Andrea dormía, como por diez minutos, y me gané con una súper sesión de movimientos de Lorenza, que compartimos solo los dos. Mi hija y yo. Cuando Andrea se levantó y le conté, fue lindo para mí reconocer en voz alta que ese quizás fue nuestro primer momento solos.

Ya durante la semana anterior, también estuve proyectándome mucho sobre la llegada de Lorenza. Revisé todas las academias de deportes y actividades del verano del Regatas. Miré horarios. Me decidí por un montón de clases. optimist, tenis, bádminton, natación, ajedrez. Separé en mi cabeza actividades que empiezan a los siete, otras a los tres, otras al año, otras a los doce. Me la imaginé organizando su día para llegar a jugar tenis luego del cole. También estuve revisando colegios otra vez. Me la imaginé de intercambio y recogiéndola en Europa para pasear los tres por Alemania o Francia. Me la gocé en mis sueños. Pasen todos, o ninguno, o varios parecidos u otros distintos increíbles que mi imaginación no llegue a proyectar.

Me doy cuenta ahora que esos son los sentimientos que empiezan a trepidar estos días. Y todos están conectados. Vamos 26 semanas. Shit’s getting real. Tenemos un cuarto listo. Lorenza y yo hemos tenido un momento los dos solitos. Mi mente, antes que yo mismo, empieza a preguntarse por mi rol el día que ella nazca y sobre cómo me voy a sentir. Mi corazón empieza a ponerle actividades, clases, colegios. A conseguirle todas las pinturas y texturas, herramientas y palabras para que ella componga la historia que ella quiera para su vida.

Quizás ese miedo del parto y esa esperanza de vida por venir y ese momento que compartimos por primera vez, solitos los dos, no son más que diferentes expresiones de una sola ilusión que se sigue acercando cada vez más rápido. Mi corazón también late cada vez más acelerado y, de vez en cuando, se salta un latido en la forma de esos sustos, grandes y chiquitos, que aprendí ya que vienen con esta condición, la de ser el papá de Lorenza, para siempre.

Mi espacio

Comparto mi cama con Andrea. Con Andrea y con una almohada gigante en forma de serpiente que ocupa dos tercios de mi cama. Mi espacio en general se ha visto invadido por esta experiencia de paternidad. De hecho, esta experiencia se ha visto invadida por la maternidad de Andrea. Seamos sinceros, es linda la maternidad, seamos más sinceros, infecta como un ataque de zombies de pelicula. En los últimos meses ha capturado todos los espacios físicos, mentales, emocionales y familiares de mi vida.

La semana pasada luego de darle los buenos días a mi nuevo compañero de cama, lo arrime para besar a Andrea. Me jaló la mano hacia su vientre, de nuevo. “¿La sentiste?”, de nuevo. Amiga, la sentí, esta vez, la vez pasada y las anteriores 10 veces. Yo sé que pedí participar. De verdad. Pero ya estas ganas de incluirme tan intensas ya pueden ser mucho. Creo que Andrea me re-recuerda y busca con deseperación que conecte con Lorenza por instinto. Para asegurar mi participación en su crianza. Creo que una parte de ella no sabe que ya está asegurado, no tengo que convertirme en el sensor de patadas en su barriga.

De nuevo, estoy feliz de ser papá. Con Andrea. De participar, de la ilusión, de todo. Pero que toda mi vida, entera, por los siguientes tres meses, sea solo sobre Lorenza, no la hago. Es casi el monotema de conversación. La semana pasada visité a un amigo que tenía un cuarto solo para él. Con sus instrumentos, con su espacio de gimnasio, con su puerta. Lo envidié. Con furia. Siempre pensé que el término man cave era una expresión barbárica, ridícula, anquilosada y chauvinista. Hasta hace poco. Hoy siento que es un refugio, no para guardar mi masculinidad sino que para guardarme a mí. Le llevé mi batería a ese amigo, hoy sin lugar en mi casa, como si le hubiera llevado mis sueños de espacio contenidos en un juguete. Como si poner mi bateria en su man cave me permitiese compartir, al menos en mi imaginación, su espacio un poquito.

Mi casa, mi vida, mi tiempo y hasta mi cama son todos ahora sobre el embarazo. Todas las conversaciones. Todas las compras, todo. Obviamente entiendo. No es menor el cambio. Seremos papás juntos. Pero entender dónde queda mi espacio, mi personalidad, mi masculinidad y mi rol dentro de la familia, ahora que seremos tres, asusta. Encima, reclamar y pensar este espacio genera culpa. Me siento culpable de querer seguir siendo Michel mientras Andrea pasa físicamente por el embarazo y Lorenza rápida y lentamente a la vez se acerca. Pero para eso era este espacio, para no callar todo lo que supuestamente debo callar. Te espero Lorenza querida. Estoy acá para ti al 100% Andrea, mi amor. Pero Michel, compañero principal de vida, al que conocí la primera vez que miré al espejo, acá estoy para pensar en tu espacio también.

Lorenza, ¿seremos judíos?

Mi hija se llamará Lorenza Seiner de la Piedra. Ese primer apellido, que seguro algún esforzado trabajador de migraciones reescribió como mejor le pareció al llegar mi abuelo al Perú, empieza a contar la historia de Lorenza, unas partes más conocida por sus familiares y otras no tanto. De su lado de la Piedra, podemos retroceder infinito y acabar en hacendados norteños y Ministros de Economía de los libros de Basadre. Del lado García y Pellny podemos hablar de arquitectura, construcción, el Social Lince. Claro de ambos lados, tanto de su abuelo Memo como de su bisabuelo Miguel, la sangre de la U correrá por sus venas. Pero esas historias las dejo para otro día.

Hoy quiero hablar de su lado más migrante. Más comerciante. De su lado Seiner. Lorenza será descendiente de judíos que vienen de lo que hoy es Moldavia. Mi zeide -como decimos “abuelo” en el yiddish original de los judíos de Europa oriental- Elías Seiner, llegó al Perú luego de pasar por Colombia y Chile. Se estableció en Arequipa donde conoció a su futuro cuñado, Simón Chertman y, según cuenta la leyenda, conoció por carta a Pola quien llegó a Arequipa, directo de Moldavia, para casarse con él.

Mi papá cuenta de mucha gente y visitas en su casa en el barrio de Vallecito (casa que le mostré a Andrea con orgullo en nuestro primer viaje a Arequipa) cuando era niño. No estoy seguro que haya atado el rol histórico de esa casa, de sus papás y de nuestra familia en esas historias. O quizás, no ha visto aun el potencial de leyenda que tiene la historia. Resulta que su tío Simón (Siomi, en corto), que era un influyente miembro de la comunidad judía en Arequipa, participó de muchos esfuerzos para recibir judíos migrantes durante la segunda guerra mundial junto con otros judíos arequipeños connotados. No me sorprendería nada que esos visitantes que mencionaba mi papá hayan sido otros judíos llegados al Perú y apoyados por el tio Simón en casa de mi zeide Elías y Pola Kertman, mi bobe (abuela, también en yiddish).

Muchos años después ya viviendo en Lima, mi papá se casó con una mujer maravillosa. La mejor del mundo. Tenía (y tiene) el pelo rubio, una sonrisa hermosa, un alma comprensiva y una paciencia inacabable. Pero claro, no una mujer judía. Eso les trajo a ambos ciertos inconvenientes en su noviazgo y posterior matrimonio. Vamos a hacerlo corto, luego de algunos meses mi zeide y bobe terminaron adorando a mi mamá y cargándome en sus brazos. Eso nos dejó a tres hijos de este judío y esta no judía preguntándonos algo que seguro los tres hemos rumiado por años. ¿Somos o no somos judíos?

Para nuestros amigos del cole, lo éramos. Al menos yo. No era católico ni iba a clases de religión. No tuve primera comunión. Mi mamá tampoco es católica y mi papá no es tan practicante de su judaísmo, por no decir nada practicante. No hablamos hebreo, no sabemos los rezos, mi mamá no es judía (no somos de “vientre judío”) y, sobre todo, yo soy ateo. Infinitas veces rabinos han pasado cerca de mí en la sinagoga entregándome el Sidur (libro de rezos) apuntando a la parte escrita en fonética para “incluirme”. Obviamente, eso solo reforzaba lo excluido que en realidad me sentía. Éramos judíos para los no judíos y no judíos para los judíos.

Entonces, ¿qué somos? Cuando alguien me dice tacaño demasiadas veces o que soy duro para negociar o que tengo éxito en los negocios, ya me empiezo a preguntar si me lo dice así porque sí o por mi apellido. Cuando alguien habla mal de los judíos me ofendo. Y, al igual que mi papá, amo las cenas de Rosh Hashaná (año nuevo judío), el chala (pan trenzado), los vareniques (quiero decir algo así como pasta rellena) y todas las expresiones culturales donde se resalta la cultura del pueblo judío. Pero la religión como tal, ninguna, no solo esta, no me llena. Ahí comencé a entender que soy culturalmente judío. Vengo del pueblo, me siento parte del pueblo, pero no de la religión. Pero aun así, siempre sentí que mi posición no estaba suficientemente validada por terceros.

Hasta que encontré una respuesta en la historia. Investigué sobre el holocausto y verifiqué cómo el régimen nazi elegía quién era judío y quién no para incluirlos en sus inhumanos crímenes de lesa humanidad. Me convencí de que si yo hubiera sido suficientemente judío para ser objeto a ello en esos tiempos, entonces nadie, por más ortodoxia que se practique y recelo comunitario que se guarde, me podría quitar mi condición de judío. Sin importar el credo, la práctica religiosa o el vientre de mi madre.

Y así llego a Lorenza. Ella no seguirá todo el credo, ni toda la religión (trataremos de llevar un hogar ateo – ojalá), pero será parte del pueblo judío porque su sangre y su historia así lo dicen. Será judía porque su tatarabuela Deborah murió en el holocausto en 1941, porque su bisabuela Pola ayudó a salvar a judíos migrantes, porque su zeide David a pesar de que no sabe ni hebreo ni yiddish ni ayuna en Kippur, ama su cultura y quiere que le digan zeide. Lorenza será judía porque su papá creció con una bobe y un zeide que esperaban su visita para celebrar Shabbat los viernes. Porque tiene dos tías que aprendieron lisuras en yiddish con una bobe igual de pícara que ellas. Porque su mamá Andrea adora a su familia política judía y tiene plena conciencia de que nuestro matrimonio muy probablemente le hubiera costado la vida. Pero sobre todo, será judía porque si hubiera estado en Europa en los años incorrectos habría sido perseguida también.

Lorenza entonces será atea e hincha de la U (también ojalá) y peruanófila. Seguro feminista, izquierdista. Quizás todo lo contrario y todo lo adicional que ella quiera. Con seguridad no será solo una cosa. Y así y todo, elija lo que elija, también será judía. Igual que su padre, igual que su zeide David e igual que mi zeide Elías y mi bobe Pola y el tío bisabuelo bien conectado Siomi Chertman. Lorenza Seiner de la Piedra, será también judía. Mejor dicho Lorenza Pola Seiner de la Piedra será también judía. Porque los judíos recordamos a nuestros muertos, diciendo sus nombres cuando llamamos a nuestros hijos e hijas.

Papapífero: un abuelo especial

Esta semana pensaba mucho en lo cerca que está Lorenza de llegar y en cómo, me pregunto, me verá en la medida que pasen los años. Recordé que tenía este texto que escribí hace dos años sobre mi papá. El papapífero. Lo he actualizarlo y cambiado un poco. Una parte de mi ahora espera y la otra sabe que con tan buen entrenador de paternidad, bien difícil que yo no sea, al menos, competente.

Para dar un poco de marco. Cuando escribí esto, Perú no había clasificado al mundial de Rusia. Pero se sentían los pasos. Ya había llorado arrepentido de no querer ver el partido en Quito con Ecuador abrazando a mi perro Tyrion.  Había otra oportunidad de ver a Perú en un mundial sentado con mi papá. Pensando en ese posible sueño y en el escribí este texto.

Mi papá es una gran persona. Aunque sea fujimorista. Y cuando digo grande no me refiero a que es un buen tipo sino a que es una persona monumental, de leyenda, mucho más grande que su 1.67 que él vende como 1.70. Mi papá es un verdadero soñador. Mi papá, aunque no lo diga en voz alta, piensa cosas como “cuando sea viejo voy a …” y tiene 74 años.

Pero sobre todas las cosas, mi papá es un rebelde. Su rebelión es excepcional, se rebela contra la necesidad de vivir sujeto a las leyes de la realidad. En su mundo, no existe la gravedad, no existe la objetividad y no existe la ciencia. Existe solo la verdad de la historia que te está contando en ese momento. No hay ninguna restricción. Esa rebeldía que no comprendí sino hasta hace muy poco, es lo que lo separa de los mortales. Es también fuente de peleas con sus hijos, hasta que llega el día en que lo vemos en su verdadera dimensión. Hasta que entendemos la leyenda y procesamos que es por eso que hay más de su mundo en nuestra realidad que de nuestra realidad en su mundo.

¿Por qué la introducción sobre el único David Seiner? Porque esa rebeldía soñadora, incorregible, desubicada y valiente que es su esencia llegó a mí, al menos un poquito; recién me doy cuenta ahora. ¡Qué orgullo! Porque no puedo dejar de pensar en él cuando veo los éxitos deportivos y extra deportivos que nuestro país empieza a cosechar de a pocos. En cómo nuestros jóvenes toman conciencia de lo que son y lo que merecen y de cómo le enseñan a un pueblo a soñar. Porque así como él se inventó una “cuarta persona” en la conjugación del francés que nunca habló o como está convencido que en sus reuniones de los jueves sus amigos y él dictan el futuro político del Perú a los ocupantes temporales e insignificantes de cargos elegidos, yo pude inventarme mi realidad también.

Mi papá me enseñó, aunque sobre todo tácitamente, que yo podía decirle al mundo que nací en una tierra de ganadores, sin mirar la estadística y, algunos dirán, la realidad. Ni la deportiva, ni la económica. Así Perú haya jugado su último mundial un mes antes de mi nacimiento y me haya comprado caramelos con fajones de billetes en los ochentas. Pude, junto con toda una generación rebelde, dejar atrás un pasado derrotista basado en las limitaciones de la imposibilidad de soñar. ¿Qué mejor ejemplo que Christian Cueva? Que siente que su talento es el de Messi y de tanto creerlo y de tanto intentar nos sorprende a todos (menos a él) con lo que puede hacer, de vez en cuando. No puedo dejar de ver el espíritu de mi papá en esos intrépidos jugadores que cantaron el himno en Quito este martes como si los que lo cantaron en Santiago en el 97 fueran de otro país. De un país que ya no existe.

La realidad es que lo somos; totalmente otro país. A punta de creerlo lo terminamos haciendo. Hicimos, todos, un David Seiner. A punta de repetirlo, de acoger la misma rebeldía, hoy hicimos de nuestro mundo el que vivimos en nuestros sueños. Obvio, queda mucho por hacer, en todos los sentidos. Pero cada Inés Melchor, cada Gladys Tejeda, cada Toni Alva, cada triunfo, refuerza quiénes somos y hacia dónde vamos. Gracias a rebeldes como esta selección, como Christian Cueva, a rebeldes como mi papá.

¿Será que un día Lorenza podrá hablar si quiera un poco parecido sobre mí? Ojalá. Pero más allá de reconocimientos de parte de ella, espero que un día su hijo o hija puedan hablar así de ella. Así ella sabrá, aunque no esté yo para enterarme, que le hice justicia a un papá como el que me tocó y que heredé de lo mejorcito que tenía para heredar.

Papá tiene miedo

No sé a cuántos de nosotros le ha pasado. Hemos caminado por tiendas departamentales varias veces. Incluso pasado por la zona de niños. Casi sin registrarla, quizás camino a comprar un televisor o en la búsqueda de un regalo navideño. Siempre ajeno. Esta vez la visita fue diferente. “Vamos a ver la zona de niñas”. La intención era regalarnos algo con qué soñar ahora que la mítica barrera del mes tres había pasado.

Yo recordaba mis 20 mil lecturas: al término del primer trimestre el riesgo de pérdida se reduce hasta un tanto por ciento.  Sentí alivio. Sin embargo, muy rápidamente pasé de ver cuadros estadísticos sobre pérdidas en el embarazo a sentir que Lorenza tomaba cuerpo (y recientemente nombre). Celebrando esa esperanza y empezando a darle un espacio físico en nuestras vidas, después de todo, esas compras se guardarían en algún lugar físico de la casa, su primer lugar, fuimos por esos regalos.

Mientras revisaba una reducida selección de disfraces de teletubbie diminuto, buscaba mi primer regalo. Todo tenía orejitas. ¿Cómo hacer de mi primera compra un statement sin que sea un statement? Me decidí por un mini conjuntito de polo de Guns n’ Roses y “jean”. Me di cuenta que pagaría 75 soles por un outfit/disfraz que le quedaría tres meses y que serviría seguro para una foto y media y de ahí nunca más. Di un paso atrás y me di cuenta que la zona de recién nacidos era una hilera en una pared de ropa de bebés hasta el año uno. Di un paso más atrás y me percaté de que estaba mirando solo una pared en un piso entero de ropa y accesorios para niños. La ropa de jóvenes y mujeres en otros pisos. Su vestido de prom en otra tienda. Mi mente estallaba dando de alaridos mientras me daba cuenta de la realidad en silencio.

-Andrea, te das cuenta que en algún momento de su vida vamos a tener que comprar a Lorenza TODO esto, ¿todo lo que está en este piso, en este mall? Puta madre.

Ya para ese momento había comprado mi primer seguro de vida: quizás dos o tres días antes. Había proyectado también algo sobre colegios, había explorado ahorros obligatorios para planes universitarios y había re-revisado mi flujo de finanzas personales a detalle. Nunca había sentido algo así. Por primera vez me había sentido el macho proveedor que sale de cacería a procurar el alimento para la familia. No quiero pensar si fue o no instintivo, la verdad no importa si lo fue, sea como sea este estrés era bravo y nuevo.

Luego sentí algo que reconozco muy bien porque se parece a lo que muchas veces siento antes de despegar en un avión. Como películas de terror. Yo dentro del avión mientras cae, la sensación de flotar en el vacío preguntándome si muero antes de frio o de falta de oxigeno; una explosión, todos los pasajeros en posición de emergencia como solo he visto en películas, etc. Eso pensé que pasaría con mis finanzas. Que me quedaba si un cobre y que Lorenza no tenia que comer. Que no podía pagar su colegio, que no tenía con qué vestirla.

De ahí pensaba en todas las cosas que no tenia y que no había logrado aun. No tenia varias casas, no tenia una especial riqueza material. Me preocupaba porque veía que Lorenza nacería con menos privilegios que con los que nací yo. Y cuando tu abuelo llegó a América Latina con una mano atrás y la otra adelante y avanzó y tu papá hizo fortuna acá; que tu hija tenga menos privilegios que los que tuviste tú se siente, no sé como decirlo… ¿contra-histórico?

La cosa es que, como por esta semana, la trece más o menos, me tocó procesar el tema financiero. También me tocó darme cuenta que el tema financiero es mucho -muchísimo- más que solo el tema financiero. Un par de veces en la semana me desperté con taquicardia pensando en la nueva responsabilidad que tendría desde marzo. Me puse (más) ansioso y un poco (más) renegón.

Varios días lo conversé con Andrea. En una de esas conversas comencé a sentir un poquito de paz. Para variar, sus palabras fueron mucho más sabias que sus años aunque quizás no más que sus nuevas canas.

-Lorenza solo te necesita a ti. Yo solo te necesito a ti. Ninguna cosa material. No entiendo por qué te haces tanto daño con esas presiones así.

Así me dijo.

A lo que yo la miré con algo que nunca tuve la valentía de decir. Aun no la tengo. La miré tele-transmitiendo:

-Es que a veces pienso que Lorenza se merece un mejor papá que yo.

Y aunque nunca lo dije, el mensaje telepático llegó porque ella respondió.

– Vas a ser el mejor papá del mundo. Lorenza es muy afortunada y yo también.

Yo cerré los ojos, le apreté la mano y decidí hacer la chamba de creerle y de creerme a mí un día a la vez, aunque tenga miedo. Al final, así tuviera toda la plata del mundo y todos los privilegios y aunque fuera el dueño de todo el stock de todas las paredes de esa departamental y de todas las tiendas de ese mall, igual tendría miedo. Igual tengo miedo.

El baile del que sobra (resistiré)

Mucha gente me comentó, luego de leer el primer post, que había una serie de tecnologías que podían suplir mi falta de glándulas mamarias. Gracias por sus buenos deseos. Estoy seguro que todo vino de un lugar muy lindo de sus corazones. Pero no entendieron nada.

Desde el segundo que esa vida empieza a proyectarse en el útero de Andrea la dinámica familiar cambia. La mía, al menos, cambió. Poco a poco empezamos a hacer espacio para Lorenza. Primero un lugar para las pocas cosas que le compramos. Luego, la proyección de un cuarto. Pero antes de todo eso, la relación con su mamá se viene formando. La naturaleza, arbitrariamente, ha decidido que el rol de ella en este momento tiene dimensiones que el mío nunca tendrá. Entonces, a mí me toca mirar mientras ella me dice que siente como maripositas en el estómago y que es Lorenza moviéndose. Me toca mirar cuando dice que siente como golpecitos. Yo en las mañanas pongo mis dos manos sobre su barriga y le digo, “ya hijita, unas pataditas para papá” y espero en vano, como Bob Marley. Papá no va a sentir pataditas por ahora.

Tampoco me toca vomitar todo el día el primer trimestre. Hoy casi siento que es una venganza escondida. A pues, tú eres la que siente todo en su útero, bueno pues, provecho con los vómitos y las nauseas. Como que hubiera un ajusticiamiento cósmico en ese malestar físico que también me toca solo mirar. Algo eso algo, me dice el diablito resentido sentado en mi hombro izquierdo.

Me proyecto también a cuando llegue el momento de la lactancia. Ya veo otra fiesta para dos a la que no estoy invitado. Ninguna tecnología ni teta plástica reemplazará eso. Los hombres nos despedimos de la relación especial que implica sentir a nuestros hijos dentro nuestro y darles de comer literalmente de nosotros. Siempre supimos cuando nacimos hombres que sería así, pero es un pequeño duelo ahora. Al mismo tiempo, es el acto fundacional de una nueva relación. Entonces, se hace evidente que Lorenza va a tener una relación con mamá y otra conmigo. También tendremos una relación los tres. A mí me toca ver la relación de ellas dos formarse primero, como espectador. Y aprender a que en algunas cosas no estaré incluido. Duele un poquito.

Una parte de mi se siente súper amenazado por esta diferencia natural porque me hace darme cuenta que hay cosas que realmente no puedo hacer yo en el embarazo ni en la vida de Lorenza. No quiero sonar como un idiota pero yo DE VERDAD me imagino haciendo todo con Lorenza. Entiendo que hay infinitas cosas que va a preferir hacer con su mamá, abuela, tías, tíos, amigas y, algún día, novios. Lo sé. La vez pasada me preguntaba qué haría cuando me cuente que le vino la regla, suponiendo ilusamente que la primera conversación o llamada sería para mí cuando eso pase. Nunca se me ocurrió que las chances de que esa llamada sea para mí primero son como del 0.1%. Pero así de seguro de mi mismo me siento sobre cuánto y cómo quiero participar de su vida. No me imagino dejando pasar una.

Por eso me siento como un rebelde tratando de Lean In hacia mi paternidad. No quiero ser excluido de nada ex ante por mi condición de hombre. Al revés, quiero que me prueben que lo que me toca perderme por ser hombre es lo estrictamente relacionado a que no estoy equipado físicamente con las herramientas necesarias. De verdad siento miedo de que el hecho que no sea mujer y el correlato lógico de las cosas que no podré hacer, me pongan en un camino en que poco a poco voy perdiendo mi espacio en mucho mayor medida de lo necesario solo por ser hombre. No quiero que suceda eso.

Así que he decidido seguir a Sheryl Sandberg. Me voy a sit at the table y ponerme disponible en todos los lugares donde haya motivos para que esté, sin esperar a que me inviten. Me vale culo si la clase se llama natación para mamá y bebé: Lorenza estará presente con papá. Voy not leave before I leave y no dejar que el descanso pre y post natal de Andrea cambie mi involucramiento con el embarazo y Lorenza. No voy a permitirme ser excluido porque no soy “detallista” o porque soy volado. Voy romper mis barreras internas y no sentirme menos hombre por hacer miles de cosas tradicionalmente asociadas a las mamás.

Ya llegará mi mamá, mi suegra, Andrea, mis hermanas, mis amigas a Momsplainearme sobre todo. Si puse bien el pañal, si hice bien el baño, si le agarré bien la cabeza, si engrío suficiente a Andrea. Acá me quedaré bien plantado. El sitio en la mesa es mío. Me lo gané por ser yo. Ya me siento suficientemente desinvitado a suficientes partes de la fiesta hoy, por simplezas biológicas, como para dejar que me saquen de la mesa principal de cualquier otro evento. Así que acá estaremos, Leaning In hacia la paternidad. Con todo.

Una pérdida (no soy un superhombre)

La primera vez que sentí que los hombres no teníamos permiso de embarazarnos fue cuando tuve mi pérdida. No exagero cuando digo que, a pesar de que fueron menos de nueve semanas, la noticia sigue siendo una de las más dolorosas de mi vida. Pienso que lo único peor fue pasar por todo eso en la más absoluta y asfixiante soledad.

Hay algo sobre la forma de criar a nuestros hombres y las cargas que nos ponen encima que pienso nunca se luce más claramente que con una pérdida. Mi primera reacción fue proteger a Andrea. Ponerme en modo Superman. Todos los hombres tenemos que ser Superman. Es totalmente instintivo, pero también es totalmente demandado. Un poco por ellas (o al menos así se siente), un poco por la sociedad y mucho, pero mucho, por mí mismo. Las preguntas, de nuevo, fueron para ella. ¿Cómo está Andrea? La expectativa es de cuidarla a ella. Todos, incluido yo mismo, muy fácilmente nos olvidamos de Michel.

Entonces, una vez más la pérdida de mi subjetividad fue total. Nunca reparé en que realmente podía ser las dos cosas a la vez. No tenía que elegir. Podía ser parte del equipo y proteger a mi pareja sin renunciar a reconocer que detrás de ese súper héroe protector hay un ser humano. Con emociones y con sentimientos que también está sufriendo una pérdida, que también necesita ser cuidado. Una persona que también necesita amor. Que, al igual que ella, tenía ilusiones. Que no pasó físicamente por un legrado pero quizás esa fue la única parte del legrado que no tuvo que procesar. Casi que hasta fue peor no pasar por un proceso médico que me extirpe, al menos físicamente, la ilusión de la gestación.

Y así, entre lo que la sociedad esperaba de mí y lo que yo esperaba de mi mismo, el espacio para mis emociones y mi yo se hizo más y más chiquito. Decidí, tontamente, que no había suficiente espacio en nuestra casa para todo mi dolor aun menos para encima sumárselo a Andrea. Así es como, mentalmente, me encerré en mi soledad.

En mi soledad y con mi rabia. En un plano, yo estaba seguro que nadie tenía la culpa de lo que me pasaba. Pero una parte de mí que yo ni siquiera controlaba le reclamaba algo a Andrea. Quizás porque estaba con rabia y ella estaba más cerca, quizás porque, por una arbitrariedad biológica, Vicente había estado en su cuerpo. Quizás porque no quería culparme a mí mismo, aunque también lo hacía. Sea como sea, la culpaba y me culpaba por cosas que ninguno de los dos jamás tuvo la chance de controlar. Por si fuera poco, yo sabía que ella sentía mi reclamo. Todo se hizo más difícil porque pocos hombres nos damos el permiso de decir estas cosas en voz alta. No fui la excepción. Los súper héroes no culpan a sus rescatadas (siempre son mujeres, además). Con razón Batman es un amargado de mierda, pues. Y le resiente todo a todo el mundo.

Por si fuera poco, se activó mi aprendida dificultad con la vulnerabilidad. Me corría del dolor porque era más fácil. Allí, estaba la trampa. Más fácil preocuparme por Andrea que tener que lidiar con la pérdida de Michel, ¿no? Sobre todo si yo soy Michel. Entonces, cuando ella quería hablar conmigo, me escapaba. Casi que, “¿Pérdida? ¿qué pérdida?” Así no le permitía ver mi dolor porque los hombres no lloran. Puta madre, ¿ahora ven cómo nos programamos a nosotros mismos? Los hombres no lloran. ¿Cómo decidimos conscientemente no estar equipados para momentos como este?

Me demoré muchísimo en aprender a compartir ese dolor, con mis amigos, con mi familia y con otros hombres que pasaron por lo mismo, ¡qué alivio verme reconocido en ellos! Me demoré en aceptar que no puedo hacerlo todo solo. Sobre todo, me demoré en compartir el dolor con Andrea. En pedirle ayuda. Superman no sobrevive la pérdida solo, o quizás sí. Pero, Superman no existe. Los hombres de verdad sobreviven las pérdidas acompañados. Reconociéndonos. Recordando que, nosotros también somos seres humanos, con emociones, que sienten y que a veces necesitan ayuda sin por eso ser un ápice menos hombres.

El segundo que yo decidí mostrarle cómo me sentía y Andrea me vio, el dolor no terminó, pero sí la soledad. Para mí y para ella también. El dolor no nos abandonó, su sombra nos acompaña incluso hoy. Pero enfrentamos esa oscuridad juntos. Después de todo, ella no quería tener un hijo con Superman. Quería tener un hijo conmigo.