Esta noche pasaron cosas muy interesantes.
Soñé con que Andrea y yo vivíamos en la casa de mis papás en San Borja. Donde crecí. No vivíamos en su casa, vivíamos en su cuarto. Ellos no estaban. Estábamos nosotros. En el sueño, Andrea me despertaba y me decía que sentía que ya estaba dando a luz. Yo tenía perfecta conciencia de que estábamos en la semana 26. Así que algo andaba mal. Me paraba de la cama y entraba al largo walking closet para “preparar las cosas” (todavía no sé qué cosas pero sonaba súper adulto) mientras Andrea se alistaba para salir a la clínica. Yo me acercaba a un cajón donde mi papá (y asumo que el Michel del sueño) guardaba documentos importantes. No sé qué documentos importantes se necesitan para ir a la clínica pero todo era muy urgente, importante y de máxima seriedad. El sueño terminaba cuando Andrea me confirmaba que estaba lista y yo le decía con calma pero con preocupación, que algo andaba mal y que no era normal que este dando a luz tan temprano, sabiendo que la ponía nerviosa pero sabiendo que la ponía aun mas nerviosa si le mentía en su cara y actuaba como si todo anduviera ok.
Luego desperté. La vi durmiendo a mi costado. Acá en Miraflores, donde duermen también nuestro perros y donde el cuarto de Lorenza aun vacío y sin cuna está ya pintado de verde agua hipster con un clóset lleno de cosas de bebe pero sin bebe y me tranquilicé. La abracé y volví a dormir.
En la mañana, seguíamos medio en cucharita. Me sentí tentado de aprovechar que Andrea aun dormía para poner mis manos sobre su barriga y tratar de sentir a Lorenza. Un poco que la intimidad de estar los dos solos, solo Lorenza y yo, sin miradas que estén pendientes de mi reacción me impulsaba. Así estuve, con las manos en su barriga mientras Andrea dormía, como por diez minutos, y me gané con una súper sesión de movimientos de Lorenza, que compartimos solo los dos. Mi hija y yo. Cuando Andrea se levantó y le conté, fue lindo para mí reconocer en voz alta que ese quizás fue nuestro primer momento solos.
Ya durante la semana anterior, también estuve proyectándome mucho sobre la llegada de Lorenza. Revisé todas las academias de deportes y actividades del verano del Regatas. Miré horarios. Me decidí por un montón de clases. optimist, tenis, bádminton, natación, ajedrez. Separé en mi cabeza actividades que empiezan a los siete, otras a los tres, otras al año, otras a los doce. Me la imaginé organizando su día para llegar a jugar tenis luego del cole. También estuve revisando colegios otra vez. Me la imaginé de intercambio y recogiéndola en Europa para pasear los tres por Alemania o Francia. Me la gocé en mis sueños. Pasen todos, o ninguno, o varios parecidos u otros distintos increíbles que mi imaginación no llegue a proyectar.
Me doy cuenta ahora que esos son los sentimientos que empiezan a trepidar estos días. Y todos están conectados. Vamos 26 semanas. Shit’s getting real. Tenemos un cuarto listo. Lorenza y yo hemos tenido un momento los dos solitos. Mi mente, antes que yo mismo, empieza a preguntarse por mi rol el día que ella nazca y sobre cómo me voy a sentir. Mi corazón empieza a ponerle actividades, clases, colegios. A conseguirle todas las pinturas y texturas, herramientas y palabras para que ella componga la historia que ella quiera para su vida.
Quizás ese miedo del parto y esa esperanza de vida por venir y ese momento que compartimos por primera vez, solitos los dos, no son más que diferentes expresiones de una sola ilusión que se sigue acercando cada vez más rápido. Mi corazón también late cada vez más acelerado y, de vez en cuando, se salta un latido en la forma de esos sustos, grandes y chiquitos, que aprendí ya que vienen con esta condición, la de ser el papá de Lorenza, para siempre.

