Comparto mi cama con Andrea. Con Andrea y con una almohada gigante en forma de serpiente que ocupa dos tercios de mi cama. Mi espacio en general se ha visto invadido por esta experiencia de paternidad. De hecho, esta experiencia se ha visto invadida por la maternidad de Andrea. Seamos sinceros, es linda la maternidad, seamos más sinceros, infecta como un ataque de zombies de pelicula. En los últimos meses ha capturado todos los espacios físicos, mentales, emocionales y familiares de mi vida.
La semana pasada luego de darle los buenos días a mi nuevo compañero de cama, lo arrime para besar a Andrea. Me jaló la mano hacia su vientre, de nuevo. “¿La sentiste?”, de nuevo. Amiga, la sentí, esta vez, la vez pasada y las anteriores 10 veces. Yo sé que pedí participar. De verdad. Pero ya estas ganas de incluirme tan intensas ya pueden ser mucho. Creo que Andrea me re-recuerda y busca con deseperación que conecte con Lorenza por instinto. Para asegurar mi participación en su crianza. Creo que una parte de ella no sabe que ya está asegurado, no tengo que convertirme en el sensor de patadas en su barriga.
De nuevo, estoy feliz de ser papá. Con Andrea. De participar, de la ilusión, de todo. Pero que toda mi vida, entera, por los siguientes tres meses, sea solo sobre Lorenza, no la hago. Es casi el monotema de conversación. La semana pasada visité a un amigo que tenía un cuarto solo para él. Con sus instrumentos, con su espacio de gimnasio, con su puerta. Lo envidié. Con furia. Siempre pensé que el término man cave era una expresión barbárica, ridícula, anquilosada y chauvinista. Hasta hace poco. Hoy siento que es un refugio, no para guardar mi masculinidad sino que para guardarme a mí. Le llevé mi batería a ese amigo, hoy sin lugar en mi casa, como si le hubiera llevado mis sueños de espacio contenidos en un juguete. Como si poner mi bateria en su man cave me permitiese compartir, al menos en mi imaginación, su espacio un poquito.
Mi casa, mi vida, mi tiempo y hasta mi cama son todos ahora sobre el embarazo. Todas las conversaciones. Todas las compras, todo. Obviamente entiendo. No es menor el cambio. Seremos papás juntos. Pero entender dónde queda mi espacio, mi personalidad, mi masculinidad y mi rol dentro de la familia, ahora que seremos tres, asusta. Encima, reclamar y pensar este espacio genera culpa. Me siento culpable de querer seguir siendo Michel mientras Andrea pasa físicamente por el embarazo y Lorenza rápida y lentamente a la vez se acerca. Pero para eso era este espacio, para no callar todo lo que supuestamente debo callar. Te espero Lorenza querida. Estoy acá para ti al 100% Andrea, mi amor. Pero Michel, compañero principal de vida, al que conocí la primera vez que miré al espejo, acá estoy para pensar en tu espacio también.

