Esta semana pensaba mucho en lo cerca que está Lorenza de llegar y en cómo, me pregunto, me verá en la medida que pasen los años. Recordé que tenía este texto que escribí hace dos años sobre mi papá. El papapífero. Lo he actualizarlo y cambiado un poco. Una parte de mi ahora espera y la otra sabe que con tan buen entrenador de paternidad, bien difícil que yo no sea, al menos, competente.
Para dar un poco de marco. Cuando escribí esto, Perú no había clasificado al mundial de Rusia. Pero se sentían los pasos. Ya había llorado arrepentido de no querer ver el partido en Quito con Ecuador abrazando a mi perro Tyrion. Había otra oportunidad de ver a Perú en un mundial sentado con mi papá. Pensando en ese posible sueño y en el escribí este texto.
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Mi papá es una gran persona. Aunque sea fujimorista. Y cuando digo grande no me refiero a que es un buen tipo sino a que es una persona monumental, de leyenda, mucho más grande que su 1.67 que él vende como 1.70. Mi papá es un verdadero soñador. Mi papá, aunque no lo diga en voz alta, piensa cosas como “cuando sea viejo voy a …” y tiene 74 años.
Pero sobre todas las cosas, mi papá es un rebelde. Su rebelión es excepcional, se rebela contra la necesidad de vivir sujeto a las leyes de la realidad. En su mundo, no existe la gravedad, no existe la objetividad y no existe la ciencia. Existe solo la verdad de la historia que te está contando en ese momento. No hay ninguna restricción. Esa rebeldía que no comprendí sino hasta hace muy poco, es lo que lo separa de los mortales. Es también fuente de peleas con sus hijos, hasta que llega el día en que lo vemos en su verdadera dimensión. Hasta que entendemos la leyenda y procesamos que es por eso que hay más de su mundo en nuestra realidad que de nuestra realidad en su mundo.
¿Por qué la introducción sobre el único David Seiner? Porque esa rebeldía soñadora, incorregible, desubicada y valiente que es su esencia llegó a mí, al menos un poquito; recién me doy cuenta ahora. ¡Qué orgullo! Porque no puedo dejar de pensar en él cuando veo los éxitos deportivos y extra deportivos que nuestro país empieza a cosechar de a pocos. En cómo nuestros jóvenes toman conciencia de lo que son y lo que merecen y de cómo le enseñan a un pueblo a soñar. Porque así como él se inventó una “cuarta persona” en la conjugación del francés que nunca habló o como está convencido que en sus reuniones de los jueves sus amigos y él dictan el futuro político del Perú a los ocupantes temporales e insignificantes de cargos elegidos, yo pude inventarme mi realidad también.
Mi papá me enseñó, aunque sobre todo tácitamente, que yo podía decirle al mundo que nací en una tierra de ganadores, sin mirar la estadística y, algunos dirán, la realidad. Ni la deportiva, ni la económica. Así Perú haya jugado su último mundial un mes antes de mi nacimiento y me haya comprado caramelos con fajones de billetes en los ochentas. Pude, junto con toda una generación rebelde, dejar atrás un pasado derrotista basado en las limitaciones de la imposibilidad de soñar. ¿Qué mejor ejemplo que Christian Cueva? Que siente que su talento es el de Messi y de tanto creerlo y de tanto intentar nos sorprende a todos (menos a él) con lo que puede hacer, de vez en cuando. No puedo dejar de ver el espíritu de mi papá en esos intrépidos jugadores que cantaron el himno en Quito este martes como si los que lo cantaron en Santiago en el 97 fueran de otro país. De un país que ya no existe.
La realidad es que lo somos; totalmente otro país. A punta de creerlo lo terminamos haciendo. Hicimos, todos, un David Seiner. A punta de repetirlo, de acoger la misma rebeldía, hoy hicimos de nuestro mundo el que vivimos en nuestros sueños. Obvio, queda mucho por hacer, en todos los sentidos. Pero cada Inés Melchor, cada Gladys Tejeda, cada Toni Alva, cada triunfo, refuerza quiénes somos y hacia dónde vamos. Gracias a rebeldes como esta selección, como Christian Cueva, a rebeldes como mi papá.
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¿Será que un día Lorenza podrá hablar si quiera un poco parecido sobre mí? Ojalá. Pero más allá de reconocimientos de parte de ella, espero que un día su hijo o hija puedan hablar así de ella. Así ella sabrá, aunque no esté yo para enterarme, que le hice justicia a un papá como el que me tocó y que heredé de lo mejorcito que tenía para heredar.
