Papá tiene miedo

No sé a cuántos de nosotros le ha pasado. Hemos caminado por tiendas departamentales varias veces. Incluso pasado por la zona de niños. Casi sin registrarla, quizás camino a comprar un televisor o en la búsqueda de un regalo navideño. Siempre ajeno. Esta vez la visita fue diferente. “Vamos a ver la zona de niñas”. La intención era regalarnos algo con qué soñar ahora que la mítica barrera del mes tres había pasado.

Yo recordaba mis 20 mil lecturas: al término del primer trimestre el riesgo de pérdida se reduce hasta un tanto por ciento.  Sentí alivio. Sin embargo, muy rápidamente pasé de ver cuadros estadísticos sobre pérdidas en el embarazo a sentir que Lorenza tomaba cuerpo (y recientemente nombre). Celebrando esa esperanza y empezando a darle un espacio físico en nuestras vidas, después de todo, esas compras se guardarían en algún lugar físico de la casa, su primer lugar, fuimos por esos regalos.

Mientras revisaba una reducida selección de disfraces de teletubbie diminuto, buscaba mi primer regalo. Todo tenía orejitas. ¿Cómo hacer de mi primera compra un statement sin que sea un statement? Me decidí por un mini conjuntito de polo de Guns n’ Roses y “jean”. Me di cuenta que pagaría 75 soles por un outfit/disfraz que le quedaría tres meses y que serviría seguro para una foto y media y de ahí nunca más. Di un paso atrás y me di cuenta que la zona de recién nacidos era una hilera en una pared de ropa de bebés hasta el año uno. Di un paso más atrás y me percaté de que estaba mirando solo una pared en un piso entero de ropa y accesorios para niños. La ropa de jóvenes y mujeres en otros pisos. Su vestido de prom en otra tienda. Mi mente estallaba dando de alaridos mientras me daba cuenta de la realidad en silencio.

-Andrea, te das cuenta que en algún momento de su vida vamos a tener que comprar a Lorenza TODO esto, ¿todo lo que está en este piso, en este mall? Puta madre.

Ya para ese momento había comprado mi primer seguro de vida: quizás dos o tres días antes. Había proyectado también algo sobre colegios, había explorado ahorros obligatorios para planes universitarios y había re-revisado mi flujo de finanzas personales a detalle. Nunca había sentido algo así. Por primera vez me había sentido el macho proveedor que sale de cacería a procurar el alimento para la familia. No quiero pensar si fue o no instintivo, la verdad no importa si lo fue, sea como sea este estrés era bravo y nuevo.

Luego sentí algo que reconozco muy bien porque se parece a lo que muchas veces siento antes de despegar en un avión. Como películas de terror. Yo dentro del avión mientras cae, la sensación de flotar en el vacío preguntándome si muero antes de frio o de falta de oxigeno; una explosión, todos los pasajeros en posición de emergencia como solo he visto en películas, etc. Eso pensé que pasaría con mis finanzas. Que me quedaba si un cobre y que Lorenza no tenia que comer. Que no podía pagar su colegio, que no tenía con qué vestirla.

De ahí pensaba en todas las cosas que no tenia y que no había logrado aun. No tenia varias casas, no tenia una especial riqueza material. Me preocupaba porque veía que Lorenza nacería con menos privilegios que con los que nací yo. Y cuando tu abuelo llegó a América Latina con una mano atrás y la otra adelante y avanzó y tu papá hizo fortuna acá; que tu hija tenga menos privilegios que los que tuviste tú se siente, no sé como decirlo… ¿contra-histórico?

La cosa es que, como por esta semana, la trece más o menos, me tocó procesar el tema financiero. También me tocó darme cuenta que el tema financiero es mucho -muchísimo- más que solo el tema financiero. Un par de veces en la semana me desperté con taquicardia pensando en la nueva responsabilidad que tendría desde marzo. Me puse (más) ansioso y un poco (más) renegón.

Varios días lo conversé con Andrea. En una de esas conversas comencé a sentir un poquito de paz. Para variar, sus palabras fueron mucho más sabias que sus años aunque quizás no más que sus nuevas canas.

-Lorenza solo te necesita a ti. Yo solo te necesito a ti. Ninguna cosa material. No entiendo por qué te haces tanto daño con esas presiones así.

Así me dijo.

A lo que yo la miré con algo que nunca tuve la valentía de decir. Aun no la tengo. La miré tele-transmitiendo:

-Es que a veces pienso que Lorenza se merece un mejor papá que yo.

Y aunque nunca lo dije, el mensaje telepático llegó porque ella respondió.

– Vas a ser el mejor papá del mundo. Lorenza es muy afortunada y yo también.

Yo cerré los ojos, le apreté la mano y decidí hacer la chamba de creerle y de creerme a mí un día a la vez, aunque tenga miedo. Al final, así tuviera toda la plata del mundo y todos los privilegios y aunque fuera el dueño de todo el stock de todas las paredes de esa departamental y de todas las tiendas de ese mall, igual tendría miedo. Igual tengo miedo.

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